viernes, 9 de abril de 2010

El Emprendedor y las nuevas oportunidades de negocio

Para entender cómo surgen las nuevas oportunidades y cómo éstas se materializan debemos fijarnos en la figura del emprendedor, verdadero artífice capaz de hacer realidad “las ideas”.
“Un emprendedor es aquella persona que posee olfato para detectar oportunidades, aunque no siempre la idea surge espontáneamente de él, sino que muchas veces la idea se obtiene de un tercero y se la lleva al éxito. Es capaz de desenvolverse con autonomía e independencia y en forma eficiente en lo que hace. Alguien que cree en sus ideas y que es capaz de llevarlas a cabo, de encontrar la manera de materializar sus sueños. Alguien que se enamora de lo que hace y es capaz de enfrentar obstáculos y riesgos para lograr lo que quiere. Alguien que aprende de sus errores, que no se inmoviliza o abandona cuando se equivoca o fracasa, que intenta salir adelante pese a las dificultades que encuentra. Es alguien que tiene entusiasmo, mucha energía y fortaleza. Tiene miedo, pero el miedo no lo paraliza”.
Aprender a captar las oportunidades de negocio para un mercado, local o global, no es tarea fácil ni está al alcance de todos los humanos, sólo está en manos de los verdaderos emprendedores capaces de llevar a cabo sus ideas sus sueños sus “empresas”.
Para escenificar esta capacidad emprendedora para poner en marcha ideas, oportunidades, viene bien hacer un breve resumen de un cuento del Talmud, que trata sobre un hombre común que trabajaba en un prostíbulo (relato de Martín Buber, reeditado en el libro “Recuentos para Demián”, de Jorge Bucay).
Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones. Le pidió al portero que preguntara a las parejas que salían cómo fueron atendidas, y le presentara un informe cada semana en una planilla. El portero le dijo que no podía hacerlo, ya que no sabía leer ni escribir. Por eso, el empresario decidió prescindir de él.
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. ¿Qué podía hacer? Recordó que, en el prostíbulo, solía arreglar las camas o armarios estropeados, y pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria. Tendría que comprar una caja de herramientas con parte de la indemnización. En su pueblo no había ninguna ferretería y tuvo que viajar dos días para comprarla.

A su regreso, su vecino le dijo que quería comprarle su martillo. Pero él le dijo que no podía porque lo necesitaba, y la ferretería estaba a dos días de viaje. Entonces el vecino le propuso un trato: le pagaría los dos días de ida y vuelta y el precio del martillo. Él no dudó en aceptar y, al poco tiempo, otro vecino le dijo: necesito herramientas y estoy dispuesto a pagarte tus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por cada una de ellas. Ya sabes: no todos disponemos de cuatro días para ir de compras.

El hombre reflexionó y pensó que mucha más gente podría necesitar que él viajara para traer herramientas. En el siguiente viaje, decidió arriesgar su dinero para traer más herramientas. La voz empezó a correr y muchos vecinos dejaron de viajar para comprar. Cada semana, el ahora vendedor viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Se dio cuenta de que, si encontraba un lugar donde almacenar las herramientas, podía ahorrar viajes y ganar más dinero. Así que alquiló un local y añadió un escaparate. Ahora tenía la primera ferretería del pueblo y ya no necesitaba viajar, porque la ferretería del pueblo vecino le enviaba sus pedidos. Con el tiempo, los pueblos más alejados también compraban en su tienda. Un día, se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos, las tenazas, las pinzas y los cinceles. Después vinieron los clavos y los tornillos. En diez años, se transformó en fabricante de herramientas y acabó siendo el empresario más poderoso de la región. Un día decidió donar a su pueblo una escuela. El alcalde le entregó la llave de la ciudad y le dijo:

- Le pedimos que nos conceda el honor de firmar en el libro de actas de la escuela.

- El honor sería mío, pero yo no sé leer ni escribir, dijo el hombre. Soy analfabeto.

- ¿Usted, que construyó un imperio industrial?, dijo el alcalde, que no alcanzaba a creerlo. Me pregunto qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir.

- Yo se lo puedo contestar –respondió el hombre con calma—. ¡Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!

Una interesante historia de la que podemos extraer una conclusión muy útil. Hasta en los momentos más difíciles, las oportunidades están ahí. Sólo tenemos que esforzarnos por buscarlas y saber aprovecharlas.

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